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Me presento: 

Nací en La ciudad de La Plata un 16 de Febrero (hay quienes dicen que un 15) de 1980. Seguro, eso sí, que eran las tres de la tarde. Mucho tiempo después entendería por qué todos mis cuentos transcurren, puntualmente, a esa meridiana hora del día. Nací en verano.

De pequeño me fui a vivir a una ciudad del interior de la Provincia de Buenos Aires llamada Pehuajó, alternando, en mis fines de semana y mis vacaciones de verano, con un mínimo pueblo, glorioso, llamado Francisco Madero. Madero pasó a ser para mí el mítico "vientre que me ha parido". La arena que me moldeó, que me dejó así. Madero es, como toda infancia, una íntima, a veces dulce, fatalidad.

Pehuajó me dio las primeras letras. Me familiarizó con la historia de la literatura argentina del siglo XIX, escrita en blanco sobre fondo azul en todas las esquinas del pueblo. Todas sus calles llevan el nombre de poetas argentinos. Ascasubi, entonces, antes de ser el célebre escritor de la gauchesca, fue, para mí, mi primera dirección en Pehuajó. Ascasubi 635. Una hermosa particularidad. Echeverría nada tenía que ver con El Matadero y La Cautiva. Lejos de eso, era el cálido nombre de la calle de mi abuela Dolly. 

La Plata volvió a hacerse fuerte a los 17. Luego de algunos tanteos, la carrera de Letras me dio todo lo que un hombre que ama la palabra puede buscar. Me asomé al mundo de los libros con respeto y quizá hasta temor, pero con ímpetu. Fui voraz durante seis vertiginosos años. Conocí un mundo. Salí con el título de Profesor en Letras en un tubo cilíndrico negro de plástico que me abrió las puertas de decenas de colegios públicos de la ciudad. La tiza y el pizarrón no dejan de querer decir nobleza en mi glosario personal.  

A mis casi 30, mi vida se reparte como puede entre la Música y la Literatura. Trato de no hacer periodismo, aunque escriba para medios gráficos. Tengo varias cosas publicadas, no todas indecentes. Un disco, además, llamado LUVINA y varios nudos en la panza padecidos gustosamente por el gusto de cantar para otros.

Mis estudios musicales han pasado por maestros de la Escuela de Arte de Berisso, por Samy Mielgo y por el gran Néstor Gómez. La curiosidad y la pasión, por supuesto, son pulsiones cuya omisión en esta lista sería demasiado injusta.

Si sueño con algo, si busco algo, no creo saberlo. Actúo como si eso sucediera. Eso sí. Ray Bradbury dijo alguna vez que el arte es una máquina para ser querido. Quizá sea la definición y la justificación más honesta.

Espero dejar en este ecléctico espacio que armé algo de mí. También espero que ese algo de mí, venga en fotos, en textos, en videos o en música, valga la pena.

Sería hermoso. Tendría sentido.

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